viernes, 16 de febrero de 2007

El río




Del río.
En el transbordador está el autobús de los indígenas, los largos León Bollée negros, los amantes de la China del Norte que miran.

Se va el transbordador.
Cuando se va, la niña sale del autobús. Mira el río. Mira también al chino elegante que está en el interior del gran coche negro.
Ella, la niña, va pintada, vestida como la joven de los libros: con el vestido de seda indígena de un blanco amarillento, con el sombrero de hombre «de la infancia y la inocencia», con el ala plana, en fieltro-flexible-color-palo-de-rosa-con-larga-cinta-negra, con esos zapatos de baile, muy usados, con el tacón completamente gastado, en-lamé-negro-por-favor, con motivos de estrás.
De la limusina negra acaba de salir otro hombre que el del libro, otro chino de Manchuria. Es un poco distinto al del libro: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña.
Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar el sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre.






Marguerite Duras.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermoso texto de marguerite, el amante de china del norte...