martes, 20 de febrero de 2007

Love




El enamorado
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,lámparas y la línea de Durero,las nueve cifras y el cambiante cero,debo fingir que existen esas cosas.
Debo fingir que en el pasado fueronPersépolis y Roma y que una arenasutil midió la suerte de la almenaque los siglos de hierro deshicieron.
Debo fingir las armas y la pirade la epopeya y los pesados maresque roen de la tierra los pilares.
Debo fingir que hay otros. Es mentira.Sólo tú eres. Tú, mi desventuray mi ventura, inagotable y pura


viernes, 16 de febrero de 2007

El río




Del río.
En el transbordador está el autobús de los indígenas, los largos León Bollée negros, los amantes de la China del Norte que miran.

Se va el transbordador.
Cuando se va, la niña sale del autobús. Mira el río. Mira también al chino elegante que está en el interior del gran coche negro.
Ella, la niña, va pintada, vestida como la joven de los libros: con el vestido de seda indígena de un blanco amarillento, con el sombrero de hombre «de la infancia y la inocencia», con el ala plana, en fieltro-flexible-color-palo-de-rosa-con-larga-cinta-negra, con esos zapatos de baile, muy usados, con el tacón completamente gastado, en-lamé-negro-por-favor, con motivos de estrás.
De la limusina negra acaba de salir otro hombre que el del libro, otro chino de Manchuria. Es un poco distinto al del libro: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña.
Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar el sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre.






Marguerite Duras.

jueves, 15 de febrero de 2007

Cuerpos

Decía David Le Breton en el erudito, exhaustivo y delicioso Antropología del cuerpo y modernidad que hay un más allá de la valoración social inequívoca de la juventud que rige nuestra cultura y toda identidad de géneros. El imaginario que nos dimos como colectivo, para tranquilizarnos y darnos una conciencia como sociedad, afirma en el varón “un sujeto activo cuya apreciación social está basada menos en la apariencia que en un cierto tono en la relación que establece con el mundo”, tanto como ve en la mujer “un objeto maravilloso que se degrada con el correr del tiempo”. El estatuto de objeto decorativo adorado por una mente misógina debería comprender además que en ese deseo de eternidad, de moralidad, de belleza y sumisión que alimenta y quiere vivir, anida también otra condena. “Un ardid de la modernidad –decía también Le Breton– hace pasar por liberación de los cuerpos lo que sólo es elogio del cuerpo joven, sano, esbelto, higiénico. La forma, las formas, la salud, se imponen como preocupación e inducen a otro tipo de relación con uno mismo, a la fidelidad a una autoridad difusa pero eficaz. Los valores cardinales de la modernidad, los que la publicidad antepone, son los de la salud, de la juventud, de la seducción, de la suavidad, de la higiene. Son las piedras angulares del relato moderno sobre el sujeto y su obligada relación con el cuerpo.”